El golpe del 2016 abrió la puerta al desastre brasileño

Por Dilma Rouseff.

Hace tres años que la Cámara de Diputados, comandada por un diputado condenado por corrupción, aprobó la apertura de un proceso de impeachment contra mí, sin que hubiera un crimen de responsabilidad que justificara dicha decisión. Esa votación en plenario fue uno de los momentos más infames de la historia brasileña. Enfrentó a Brasil ante sí y ante el mundo.

El sistemático sabotaje de mi gobierno fue determinante para el rompimiento de la normalidad institucional. Se inició con solicitudes de recuento de votos, días después de la elección de 2014, y con una solicitud de impeachment, ya en marzo, con apenas tres meses de gobierno.

La construcción del golpe se dio en el Congreso, en los medios, en segmentos del Poder Judicial y en el mercado financiero. Compartian los intereses de los derrotados en las urnas y actuaban en sincronía para inviabilizar al gobierno.

El principal objetivo del golpe fue el encuadramiento de Brasil en la agenda neoliberal, que por cuatro elecciones presidenciales consecutivas había sido derrotado en las urnas. Para ello, una de las primeras acciones de los interesados ​​en el golpe fue la formación de una oposición salvaje en el Congreso. Su objetivo era impedir gobernar al gobierno recién reelegido de, creando una grave crisis fiscal. Para ello, hecharon mano al  aumento de gastos y reducción de  ingresos. Impedían también, de forma sistemática, la aprobación de proyectos cruciales para la estabilidad económica del país. Y, en los primeros seis meses de gobierno, presentaron 15 solicitudes de impeachment.

El año 2015 fue aquel en que ganó cuerpo esa oposición que actuaba con la idea de «cuanto peor, mejor», y que, insensible a las graves consecuencias de su acción hacia el pueblo y el país, inviabilizaba la propia realización de nuevas inversiones privadas y públicas, al imponer la inestabilidad como norma. Una crisis política de esta dimensión paralizó y lanzó al país en la recesión.

Fue ese verdadero sabotaje interno que hizo prácticamente imposible, en ese momento, atenuar sobre Brasil los efectos de la crisis mundial caracterizada por la caída del precio de los commodities, por la reducción del crecimiento de China, por la disparada del dólar debido al fin de la expansión monetaria practicada por EEUU y, aquí dentro, por los efectos de la sequía sobre el costo de la energía.

El golpe fue el episodio inaugural de un proceso devastador que ya dura tres años.

La relación medios-Lava Jato permitió que la prensa se transforme en la cuarta instancia del Poder Judicial, sólo tratando de condenar sin derecho de defensa. La lógica política de esta relación está enfocada en la destrucción y criminalización del PT -en especial de Lula- y para ello utilizaron fugas en las vísperas de las elecciones, delirios sin pruebas, irrespeto al debido proceso legal y al derecho de defensa.

El efecto colateral de esta trama fue la destrucción de los partidos del centro y del centro-derecha, que se inclinó a la tentación golpista. Esto fue lo que permitió la limpieza del terreno partidario tan necesario para que venciera la ultraderecha boliviana, como una planta solitaria, en la elección de 2018. Sin embargo, el arma final y decisiva fue la condena, la detención y la prohibición de la candidatura de Lula a presidencia a fin de garantizar la elección de Bolsonaro. La ida del juez Sérgio Moro para el Ministerio de Justicia es la prueba de ese dispositivo.

Por eso, lo que sucedió hace tres años explica y es causa de lo que está sucediendo hoy. Hay razones más que suficientes para que la historia registre el 17 de abril de 2016 como el día de la infamia. Fue cuando el desastre se desencadenó; se desencadenó la barrida de los proyectos de los gobiernos del PT que habían elevado decenas de millones de personas pobres a la condición de ciudadanos, con derechos y con acceso a servicios públicos, al trabajo formal, a la renta, a la educación para los hijos, a médico, y las medicinas. Interrumpieron programas estratégicos para la defensa de la soberanía y para el desarrollo nacional, proyectos que colocaron a Brasil entre las seis naciones más ricas del mundo y retiraron el país del vergonzoso mapa del hambre de la ONU.

El golpe resultó en una calamidad económica y social sin precedentes para Brasil y luego en la elección de Bolsonaro. Los derechos históricos del pueblo están siendo aniquilados. Los avances civilizatorios alcanzados en el período democrático que sucedió a la dictadura militar van siendo dilapidados. Los logros fundamentales obtenidos en los gobiernos del PT pasaron a ser revocados. Este proceso se radicalizó con un gobierno agresivamente neoliberal en la economía y perversamente ultraconservador en las costumbres. Un gobierno con una inequívoca índole neofascista.

El gobierno Bolsonaro continúa apoyándose en la gran mentira mediática fundamento del golpe: la de que Brasil estaba roto cuando los golpistas de Temer asumieron el gobierno. Esta falsificación de los hechos sigue siendo blandida por los medios y usada maliciosamente para justificar la recuperación que nunca ha venido y los empleos que no han vuelto. No van a venir, mientras dure la agenda neoliberal. La verdad es que Brasil nunca estuvoi cerca de quebrar, durante mi gobierno.

Un país sólo  quiebra cuando no puede pagar sus deudas internacionales. Esto, por ejemplo, ocurrió en el gobierno de FHC, cuando Brasil tuvo que apelar al FMI para hacer frente a su endeudamiento externo y su falta de reservas. En 2005, el presidente Lula canceló completamente nuestra deuda con el FMI y, después de eso, nuestras reservas crecieron, alcanzando los 380 mil millones de dólares y haciéndonos acreedores internacionales.

Situación muy diferente de lo que ocurre hoy, desafortunadamente, en la Argentina de Macri, sometida una vez más a las absurdas exigencias del FMI

Los medios, por su parte, no pararon de construir la leyenda de que el gobierno federal estaba en quiebra y los gastos públicos descontrolados. Sólo tendría sentido decir que el gobierno federal estaba quebrado si no consiguiera pagar sus propias cuentas con tributos o con la contratación de deudas. Eso no ocurrió en mi gobierno. Brasil continuó recaudando tributos y emitiendo deuda, manteniendo la capacidad de pagar sus propias cuentas.

Es bueno recordar que la deuda pública permaneció en caída cada año desde 2003 y alcanzó el menor nivel histórico a principios de 2014, antes del «cuanto peor, mejor» de los tucanes y de los demás golpistas. Pero en 2015, la deuda pública ha subido. Sin embargo, incluso con el aumento, la deuda permaneció por debajo de la registrada en las mayores economías desarrolladas y en desarrollo. El problema nunca fue el tamaño de la deuda. Pero sí, su costo, que permanece entre los más altos del mundo, en razón de las tasas de interés y de los spreads abusivos practicados en Brasil, por el sistema financiero nacional. Lo que, además, explica sus beneficios estratosféricos, aun cuando el país pasa por una crisis.

Los medios insisten, hasta hoy, en decir que mi gobierno ha perdido el control sobre los gastos, lo que tampoco es verdad. El hecho es que la recaudación cayó más rápido que los gastos. Los gastos crecieron, pero no en función del aumento de la hoja de salario de los funcionarios, que permaneció constante. Es importante resaltar que lo que creció fue el valor de las transferencias sociales-como Bolsa Familia y jubilaciones-, lo que creció fue la oferta de servicios a los ciudadanos – en especial salud y educación. Todos estos desembolsos son fundamentales para rescatar injusticias históricas, reducir las desigualdades sociales y desarrollar el país.

La verdad es que los gastos del gobierno nunca estuvieron descontrolados. Al contrario, hasta cayeron en términos reales. Lo que hubo fue una rápida reducción de los ingresos, debido a la parálisis que un proceso de impeachment provoca en los inversores, que pasaron a no tener seguridad para crear nuevos negocios, abrir nuevas plantas y ampliar inversiones, deprimen así la economía y la recaudación.

El Gobierno Bolsonaro está ampliando un legado de retrocesos del gobierno Temer, manteniendo e incluso profundizando la absurda enmienda del techo de los gastos, que reduce las inversiones en educación y en la salud; la reforma laboral, que abrió puertas para la explotación más brutal y para la lenidad con el trabajo análogo a la esclavitud; la venta de bloques del pre-sal; la reducción del Bolsa Familia; la extinción para los más pobres de Mi Casa Mi Vida y del Aquí tiene Farmacia Popular y la reducción del Más Médicos; la destrucción de los principales programas educativos y la dilapidación de la Amazonía y del medio ambiente.

En el marco de la reforma de la Constitución, con la intención de privatización (capitalización individual) de la seguridad social, con la enmienda 06, artículo 201 A, y la retirada de las reglas de la previsión de la Constitución, con el artículo 201, lo que permitiría cambios legales, que no exigen tres quintos del Congreso para su aprobación. Los cambios que el gobierno quiere hacer refuerzan privilegios de unos pocos y sacrifican a los jubilados de baja renta, a las mujeres, a los trabajadores rurales y urbanos, así como a los que reciben el BPC.

«Del día de la aceptación del impeachment, 7 de abril de 2018, al día de la prisión de Lula, el camino hacia el Estado de excepción saltó del» cuanto peor, mejor «a la prisión de Lula gracias a un camino pavimentado de mentiras y falsedades de los medios que tuvieron un papel fundamental.

Incluso los que se oponen a Lula pero aprecian la democracia se contrajo con el escándalo de su arresto y condenación ilegal, y ya se dieron cuenta de que él es un prisionero político. Un inocente condenado sin crimen, y por eso sin pruebas.

Lula sintetiza la lucha por la democracia en nuestro país. Luchar por su plena libertad significa enfrentar el aparato neofascista-militar, judicial y mediático- que está destruyendo la democracia. Lula es la voz de la resistencia y lleva el estandarte de la lucha democrática. Incluso preso, es el mayor enemigo del neofascismo que nos amenaza.

Lula mostró al pueblo brasileño, en cada gesto suyo que se hizo público, que es posible resistir incluso en las peores condiciones. Su fuerza moral nos fortalece, su garra nos anima, su integridad nos hace luchar por su libertad, que representa también las libertades democráticas para todos los brasileños.

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