Caso “Caaguazú y los 10 Muertos-desaparecidos

Por Carlos Pérez Cáceres

Treinta nueve años pasaron de este acontecimiento. Aunque hubo ciertos recordatorios, pareciera que la memoria de las luchas siguen los ritmos que Marito Abdo Benítez le quiere imponer a la recuperación de las luchas bajo el stronismo. Este es un aporte para el mejor conocimiento de aquellos sucesos y de la objetiva política de la dictadura stronista, que con las actuales quema de rancho y represiones, recuerdan que la historia puede volver a repetirse.

Texto

En horas de la noche del 7 de marzo de 1980, un grupo de 20 campesinos, pobladores de la colonia Acaray, Alto Paraná, decidieron elevar los niveles de su lucha contra la dictadura y, más específicamente, contra la política mbareté de los dueños de tierras, que tenían la política de usurpar las tierras públicas en poder de los campesinos.

Liderados por Victoriano Centurión, dirigente campesino de larga historia de luchas por los intereses inmediatos de los campesinos, éstos resolvieron salir a la ruta que une Coronel Oviedo y Puerto Stroessner (Ciudad del Este), con la idea de tomar un ómnibus y dirigirse a la capital y allí denunciar las políticas “antipopulares” y “vende patria” de la dictadura stronista.

En coincidencias políticas con ciertas organizaciones campesinas, sostenían que sus males tenían como base principal la mala distribución de las tierras y las sistemáticas represiones que se desarrollaban en el campo, por parte de los aparatos que defendían a la dictadura. Históricamente estas causas, ya habían producido cientos de malestares sociales, muertes, apresamientos indebidos, torturas, hambre, desapariciones, pobreza, enfermedades e ignorancia.

Esa noche del 7 y la madrugada del 8 de marzo, salieron a la ruta dispuestos a llevar adelante el plan que habían definido. En la colonia Acaray, hacía tiempo que vivían y llevaban adelante una experiencia comunitaria. La confianza de éstos 20 campesinos estaba fuerte. Creían que sería una experiencia que traería mayor conciencia para los demás campesinas y, que podrían seguir el ejemplo como una forma de lucha. Eran conscientes que las fuertes represiones e intentos de apropiación de sus tierras por parte de la viuda del general Ramos Giménez, ya era insoportable.

Ómnibus Rápido Caaguazú.

Los 20 campesinos, entonces, pararon un ómnibus de la empresa Rápido Caaguazú que se dirigía rumbo a Asunción. Así dieron inicio a lo que la historia política y social de nuestro país, conoció con el nombre del “Caso Caaguazú”. Según relató Victoriano Centurión, en varias entrevistas que le realizamos, “paramos el colectivo y le explicamos al chofer que queríamos llegar a Campo 8, donde nos reuniríamos con otros grupo de compañeros de la Ligas Agrarias. Explicamos a los pasajeros cuál era nuestro objetivo. No hubo problemas de parte de nadie. Sin embargo, en Torín un puesto militar nos quiso detener; le dijimos al chofer que no se detuviera y este aceleró la marcha. De inmediato, los militares nos persiguieron. Fue en Yhú, que el conductor nos avisó que los militares nos estaban alcanzando. Minutos después, estos comenzaron a disparar contra nuestro ómnibus. Entonces, también nosotros respondimos a los disparos y se sorprendieron, quedándose en la cuneta de la ruta”, relató Victoriano que además de las palabras le ponía los gestos y el tono de la voz como si estuviera viviendo el mismo momento de aquella noche del 7/8 de marzo de 1980.

Este grupo llegó a Campo 8 y como habían explicado al chofer, se bajaron allí y se internaron hacia el camino que lleva a Tobati. Poco después de haber comenzado la caminata, resolvieron parar, analizar lo sucedido y evaluar que debían hacer. Resolvieron salir de nuevo a la ruta y entrar al monte de Monday. Cuando estaban dirigiéndose hacia allí, los helicópteros sobrevolaban la zona, lo que indicaba que los aparatos represivos de la dictadura estaban en conocimiento de lo sucedido.

Persecución y Combate

Cuenta Victoriano que ellos estaban seguros que “no nos iban a encontrar porque nosotros ya estábamos cerca de Caaguazú, en la zona de San Antonio mí, en la estancia de los Collante. Allí nos escondimos esperando que anocheciera, resguardados por el espeso monte. Sin embargo, Adolfo Brítez tenía sed y salió del monte y se acercó a un arroyo –Empalado mí-, para tomar agua y fue visualizado por los que estaban en el helicóptero. Eran exactamente las 14:30 horas del 8 de marzo de 1980. A partir de ese momento, comenzó el enfrentamiento. Los compañeros intentaron defenderse, corrían y disparaban. Las fuerzas represivas, los ametrallaban y nos tenía rodeados. Yo -continúa relatando Victoriano-, quise cruzar la ruta y me dispararon. Me creyeron muerto; ahí apresaron a Mariano Martínez, quien también pensó que yo estaba muerto. Yo me arrastré hasta llegar a un camión y me oculté durante largo tiempo. Luego se hizo de noche”.

Victoriano luego se dirigió, sin ser visto por los represores, hasta Chacoré. Ahí se alojó en la casa del compañero Isidro Penayo. Allí fue alimentado. “Yo estaba dentro de un “yvyrapyta” y no recuerdo cuanto tiempo estuve allí”. Luego se dirigió a la casa del compañero Julio Alcaraz, donde también se quedó un tiempo. “Yo siempre estaba fuera de la casa, estaba en el monte cercano a estas viviendas, recuerda Victoriano.

Niña guerrillera

Apolonia Flores, contaba con 12 años cuando decidieron salir a la ruta y tomar el ómnibus que los llevaría a Asunción. Cuando le preguntamos si ella estaba enterada del plan de sus compañeros, nos respondió con mucha seguridad que estaba enterada de todas las intenciones y del proyecto del grupo de la colonia Acaray, lugar donde ella también vivía.

“Ya en el monte, yo estaba en el grupo de Gumersindo Brítez. Cuando comenzaron los tiros, comenzamos a correr y a disparar. A Gumersindo le dispararon en el pecho y cuándo caía gritaba “vivas al Partido Comunista Paraguayo”.  Se levantaba y volvía a caer, pero siempre gritando. Yo seguí corriendo hasta que sentí algo caliente en el muslo que me hizo caer. No podía moverme. Me habían herido. Estando así, de golpe llegaron varios civiles y militares todos armados, quienes comenzaron a golpearme y a insultarme. Seguramente me desmayé y ellos pensaron que estaba muerta. Una vez que se dieron cuenta que estaba viva, me llevaron a Caaguazú”.

Apolonia recuerda muy bien la brutalidad de las fuerzas represivas que se instalaron en la fábrica de Coca Cola y desde allí, salían a buscar a nuestros compañeros como si éstos fueran animales.

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