lun. Sep 16th, 2019

Por Mario Casartelli

Cientos, miles de seres humanos expulsados del campo a raíz de los herbicidas defendidos por Cascos Azules armados hasta los dientes, prestos a reprimir con golpes y, si considerasen necesario, a disparar; venenos mortales que no en vano son denominados agrotóxicos.

Cientos de comunidades desaparecidas ante el desaforado desierto deletéreo de sojales. Verdores tumbados, milones de árboles sacados de cuajo por delincuentes ambientales (entre ellos Cartes), en mayoría brasileños que ni siquiera hablan español y menos guaraní.

Filas y filas de desempleados y franjas de pobreza en vertiginoso crecimiento en las ciudades. Y, en el hacinamiento de esas periferias, la desesperación por la sobrevivencia haciendo crecer la inseguridad.

Pero el monocultivo se apodera de todo y se lleva todo y no deja nada provechoso. Hablo de los que poseen más de 200 hectáreas, no de los pequeños sojeros, cuyo cultivo limitado es o puede ser benéfico, según su aporte fiscal, para el país.

Por eso, a los «grandes» sojeros, entre los cuales se encuentra el que dice que al campesino paraguayo hay que manejarlo con látigo, les decimos no. Rotundo No. ¿Escuchará alguna vez la justicia esta negativa y dará curso a la acción? Sólo silencio. En este reino de la indolencia, de la indiferencia, prosigue la famosa frase cómplice: «Usen y abusen del Paraguay».

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